Han perdido 30.000 miembros en 25 años. De paladines del
Romano Pontífice han pasado a ser sospechosos de progresismo.
¿Están en decadencia los hijos de San Ignacio? ¿Han dejado de
ser el cuerpo de élite de la Iglesia católica? Rompiendo
cuatro siglos de tradición, el Papa ha autorizado la dimisión
de su prepósito general. ¿Cómo encara su futuro esta orden religiosa?
El Papa sonrió: «De
acuerdo; si quiere, puede usted presentar su dimisión. Pero no
lo haga enseguida. Espere por lo menos hasta 2008. No vayan a decir
que el nuevo Papa blanco, lo primero que ha hecho es echar al
papa negro». Aparte del rasgo de humor, la entrevista, que se
celebró durante un almuerzo distendido poco tiempo después de la
elección de Benedicto XVI, marcaba un hito en la historia reciente
de los jesuitas. El prepósito general, Peter-Hans Kolvenbach, un
holandés lingüista y experimentado misionero en el complejo mundo
árabe del Líbano, respiró hondo. No sabía a ciencia cierta qué había
sido más difícil para él, si sobrevivir bajo las bombas en Beirut o
pilotar la Compañía de Jesús durante el largo pontificado de Juan
Pablo II.
Aunque guardó el secreto durante meses,
aquellos días se lo vio más relajado que nunca. Ya desde los
agitados tiempos de su predecesor, el carismático español Pedro
Arrupe, todo el mundo sabía que el fallecido Papa polaco no veía con
tan buenos ojos a los miembros de la Compañía y, en general, a las
órdenes y congregaciones religiosas, como a los nuevos movimientos
tildados de neoconservadores: desde el Opus Dei hasta Comunión y
Liberación; desde los kikos (Neocatecumenales) hasta los
emergentes Legionarios de Cristo, más acordes todos ellos con el
restauracionismo wojtyliano.
La crisis posconciliar, que
supuso una desbandada en la orden de unos 10.000 miembros
-fenómeno, por otra parte, que aquejó igualmente a los sacerdotes
diocesanos y a otras órdenes religiosas-, junto con la acusación de
secularismo, la complicidad de muchos con la discutida Teología de
la Liberación en Latinoamérica, o la pretendida pérdida de ortodoxia
por sus esfuerzos de diálogo con el marxismo y las demás religiones
pusieron en el punto de mira a los jesuitas.